¨LA PERSISTENTE VIGENCIA DE LA PINTURA Texto curatorial Exposición DIÁLOGOS de Douglas Mendoza en el MAMB – Museo de Arte Moderno de Bucaramanga
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¨LA PERSISTENTE VIGENCIA DE LA PINTURA Texto curatorial Exposición DIÁLOGOS de Douglas Mendoza en el MAMB

¨LA PERSISTENTE VIGENCIA DE LA PINTURA Texto curatorial Exposición DIÁLOGOS de Douglas Mendoza en el MAMB
5 julio, 2022 Museo de Arte Moderno de Bucaramanga

LA PERSISTENTE VIGENCIA DE LA PINTURA

 

En el inmenso océano de mediocres presentaciones que buscan a toda costa una contemporaneidad que por lo general les es esquiva y en el cual ha naufragado buena parte de la escena artística nacional, resulta por demás vivificante volver a mirar pintura, con toda su reputación de retaguardia y su intención, si se quiere, extemporánea, de afectar sensiblemente al observador y de volver a valorar las consideraciones estéticas como uno de los componentes imprescindibles del arte.  Pues bien, la obra de Douglas Mendoza provee esa reparadora oportunidad, pues no se trata de trabajos realizados por terceras manos, ni de obras tecnológicas, ni de perogrulladas político-sociales, como en la mayoría de las obras que aspiran a una actualidad a toda prueba, sino que son trabajos que permiten percibir una búsqueda constante de los atributos que, en el fuero interno del artista, se identifican como los valores inherentes al arte de la pintura.

Además de esa fe inquebrantable en la persistente validez de la pintura, la cual lo libera de discusiones bizantinas, la obra de Douglas Mendoza es, desde todo punto de vista, pintura pura, sin lucubraciones filosóficas, ni alardes metafísicos, sin temas sociales, ni arengas  políticas, sin preocupaciones ecológicas ni mensajes subliminales, sólo pintura, con todo lo que esta práctica artística puede significar. Es decir, pintura edificada sobre la noción de que su ejecución no necesita apoyarse en nada más que en sí misma, pintura que se asume válida por sí sola y no por su poder de representar o de aludir a otras cosas.

Es por este convencimiento en la validez de la pintura que en la obra de Douglas Mendoza los pigmentos no buscan funciones extravagantes sino cumplir su cometido de aportar el color. Es también por este convencimiento que sus colores absorben las ondas de luz que el pintor considera necesarias para que el ojo y el cerebro del observador lo identifiquen tonalmente, y pueda complacerse en sus combinaciones, superposiciones, veladuras y reflejos.

Lo que Douglas Mendoza busca es claramente la transmisión de sensaciones a través de la pintura y por ello en sus trabajos  la tela, la vieja tela que se empezó a utilizar consistentemente como soporte pictórico en el renacimiento pero que también se empleó para tales efectos desde la antigüedad, cumple a plenitud con su papel de sustento liviano, de superficie que adopta los colores y los conserva, y que recibe dócilmente las pinceladas a veces suaves, a veces fuertes, de acuerdo con el ánimo del pintor, sin necesidad de que Douglas Mendoza tenga que salir a buscar un material nunca utilizado previamente como fundamento artístico para lograr originalidad.

Y es también por esa fe en la pintura, por esa certeza interior de que en el arte no hay que cambiar a toda costa sino que expresar creativamente, que en su trabajo también los tradicionales pinceles siguen siendo el instrumento propicio, por su flexibilidad, por su adaptabilidad, por su capacidad de deslizamiento y de abarcar grandes superficies, para el tipo de trabajo que Douglas Mendoza lleva a cabo,  es decir, para plasmar sus planteamientos abstractos, sin necesidad de buscar inesperadas herramientas para pretender singularidad. Cualquier idea puede ser original si la mente que la expresa sabe lo que hace y está segura de la autenticidad de su significado.

Ahora bien, como su trabajo es claramente modernista y heredero de la larga tradición de la pintura, podría afirmarse que su obra no sólo es abstracta sino también expresionista ya que no sólo, no intenta representar, sino que brota espontáneamente, de acuerdo con el estado anímico, del artista, con su actitud o disposición emocional en el momento de llevar a cabo la obra. Igualmente su color es impredecible, en algunos trabajos puede primar cierta tonalidad que establece  el espíritu de la obra, su personalidad, pero en otra obra del mismo período puede predominar otra tonalidad distinta que tiene efectos diferentes en el observador. En su lenguaje cuenta la insistencia, pero en actitud, no en los colores, las pinceladas, los formatos, ni la escala.

Al mismo tiempo, sin embargo, su obra pone de relieve una ansiedad pictórica incontenible, una fruición que le impide cualquier clase de sosiego, un dinamismo sin tregua en cuanto a la ejecución de sus trabajos, cuyas pinceladas dan clara cuenta de sus movimientos, de sus acercamientos y alejamientos al confrontar el lienzo, de sus segundos pensamientos, y de su complacencia cuando los pigmentos, aplicados sin otro orden que el de sus impulsos  le ofrecen la seguridad de que lo que esperaba presentar, que no estaba pre-establecido pero si intuido, se halla finalmente terminado.

En sus lienzos se combinan líneas y planos, áreas matéricas y áreas tersas, luces y sombras, sugerencias de espacios profundos y también de tridimensionalidad, todo lo cual enriquece la apreciación de sus trabajos y dispone al observador para escarbar visualmente en las superficies hasta identificar la razón de ser de las sensaciones, a veces más poéticas que otras, a veces más agitadas que otras y a veces más seductoras que otras, que el artista le quiso transmitir.

Si hubiera que acudir a la historia del arte para definir sus trabajos habría que referirse a Alejandro Obregón quien puso los cimientos para que artistas como Douglas Mendoza continuaran por derroteros propios y con su particular sensibilidad construyendo una imagen visual que exprese las impresiones y las emociones que suscita América Latina. Y apoyándose exclusivamente en su aproximación experimental e instintiva a la pintura,  la obra de Douglas Mendoza es de una refrescante irracionalidad constituyendo, no tanto una línea de pensamientos concatenados, sino  una forma visual de conciencia espiritual.

Pero la obra de Douglas Mendoza no necesita castigarse con largos textos que la expliquen, como es el caso de buena parte del arte contemporáneo. Su trabajo es para mirarse, para sentirse y para disfrutarse, al tiempo que para reflexionar sobre el tan pregonado fin de la pintura la cual parece resucitar y reinventarse con una terquedad admirable, cada vez que, como si se tratara de una especie vegetal o de un volcán,  se vaticina su extinción.

Eduardo Serrano